Mitos sobre economía, sociedad y política

 

 3: No soy fanático, soy apasionado

 

 

 

“El fanatismo es el deporte de la ignorancia.”

Anónimo

 

 

En varias ocasiones escuché que no es bueno platicar de religión ni de política, so pena de acabar en una discusión interminable y sin sentido, puesto que cuando se trata de estos temas nadie da su brazo a torcer.

 

No obstante este consejo popular, a lo largo de mi vida me he enfrascado en conversaciones sobre política y religión, muchas de ellas han sido edificantes, ilustrativas y ricas en aporte intelectual, otras; sin embargo, terminaron mal, con una de las partes, normalmente mi interlocutor, iracunda. En este último caso, me había enfrentado a un fanático.

 

El fanático es una persona que defiende con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones. El fanatismo supone una adhesión incondicional a una causa. La mencionada ceguera que produce el apasionamiento lleva a que el fanático se comporte, en ocasiones, de manera violenta e irracional. El fanático está convencido de que su idea es la mejor y la única válida, por lo que menosprecia las opiniones de los demás.

 

En el aspecto religioso, la humanidad ha sufrido muchas guerras religiosas donde lo único que triunfa es la sinrazón. En numerosas ocasiones he tenido pláticas muy constructivas con sacerdotes católicos, ortodoxos, musulmanes, budistas y rabinos. Pláticas donde impera el respeto y donde cada quien expone sus puntos que muchas veces resultan sorprendentemente coincidentes. Pero también he tenido la desagradable experiencia de aquellos que han tratado de convertirme, con el sólo argumento de que su religión es la verdadera y la mía es falsa… y lo peor es que esas discusiones nos son buscadas, me llegan a domicilio sin pedirlas.

 

Una vez, cuando era estudiante universitario, viajaba en el metro y entró una pareja. El chico molestaba a su novia hablando del mal desempeño del Cruz Azul, burlándose de ellos y riéndose de su reciente eliminación. Todo parecía bien, incluso la chica se reía y seguía la corriente. De repente, un tipo decidió, sin más, entrar en la discusión. Enojado, habló defendiendo a su equipo y dando, según él, razones por las cuales el Cruz Azul era el mejor equipo de México. Los chicos sólo se lanzaban miradas de complicidad y decidieron seguirle la corriente al sujeto que sin la menor educación decidió meterse en una conversación que no le incumbía en lo absoluto. Un fanático del fútbol es tragicómico; pero peligroso.

 

En política pasa algo muy parecido y a veces, cosa curiosa, con más furia y convicción fanática que en el caso religioso. Tengo un pariente que es priista convencido. Inútil pensar en una conversación constructiva con él: se enoja, injuria, no respeta una opinión contraria; aunque la realidad le ha golpeado en la cara más de una vez.

 

En este periodo de campañas políticas que concluyó recientemente se vieron estas manifestaciones con asombrosa frecuencia. Las redes sociales fueron testigos de candentes discusiones, en donde se terminaba, casi invariablemente con ofensas para sus opositores. Me tocó ver a un votante perredista que puso una fotocomposición en donde se comparaba a Josefina Vázquez con Golum, el personaje del Señor de los anillos. Lo más ilustrativo era ver los comentarios: “Sí, está bien fea la … inche vieja”, “Ay, qué horror, sí se parece” y cosas similares o peores. Que yo sepa, no era un concurso de belleza ¿cierto? Curiosamente, los comentarios de esa misma gente cuando ganó Peña Nieto eran de lamento porque la gente votaba por alguien “sólo porque estaba guapo”… ¿En qué quedamos?

 

Pero la lógica no cabe aquí. El fanático piensa que sólo su candidato es el bueno y no comprenden como alguien más no pueda pensar como ellos. A los votantes de otros los llama idiotas, vendidos, ignorantes… si otros candidatos cometen errores, los traen a colación en cada conversación; pero los de su candidato los minimizan o de plano los niegan. Un análisis frío vería lo irracional y débil de sus posturas; pero el análisis frío no tiene lugar aquí.

 

La psicología afirma que el fanatismo surge a partir de la necesidad de seguridad que experimentan las personas con sentimiento de inferioridad. Son los inseguros, precisamente, presa frecuente del fanatismo, llámese religioso, deportivo o político.

 

¿Se puede razonar con un fanático? Por supuesto que no. Si usted se sorprende enfrascado en una discusión con uno de ellos, opte por darles la razón, asienta… y cambie de tema. De otra manera, corre usted el riesgo de ser tratado de ignorante, obtuso o, ¡Dios no lo quiera!, ser borrado de la lista de amigos de Facebook.